“Todo lo que no se sabe se aprende si hay buena voluntad en el cumplimiento de los deberes, vamos andando aunque sea a paso lento”.
Madre Bernarda Morin, Sierva de Dios.
La historia de las Hermanas de la Providencia está profundamente marcada por la vida y el legado de tres mujeres que, desde distintos lugares y contextos, dieron origen y expansión a una obra basada en la compasión, la justicia y el servicio a los más necesitados. Estas mujeres son la beata Emilia Tavernier-Gamelin, la sierva de Dios Bernarda Morin y la madre Joseph del Sagrado Corazón.
Todo comienza en 1843 en Montreal, Canadá, cuando Emilia Gamelin funda la congregación movida por una profunda sensibilidad hacia el sufrimiento humano. Desde joven, su vida estuvo marcada por la pérdida y la cercanía con la pobreza, lo que despertó en ella un compromiso concreto con quienes vivían en situaciones de abandono, enfermedad y exclusión. Su obra no solo consistió en la ayuda material, sino también en la construcción de espacios de acogida y dignidad para los más vulnerables. Así, dio origen a una comunidad religiosa cuyo sello principal sería confiar en la Providencia de Dios y hacerse presente allí donde la vida humana estuviera amenazada o desprotegida.
Este espíritu fundacional cruzó fronteras gracias a otras mujeres que continuaron su misión. Una de ellas fue Bernarda Morin, joven canadiense que llegó a Chile en el siglo XIX. Su arribo, inicialmente marcado por dificultades y cambios de destino, terminó convirtiéndose en una oportunidad providencial para echar raíces en el país. Aquí desarrolló una extensa labor social, educativa y pastoral, permaneciendo hasta su muerte y consolidando la presencia de la congregación en Chile. Su trabajo estuvo siempre orientado a reconocer a Dios en el rostro de los más pobres, promoviendo acciones concretas de solidaridad, educación y acompañamiento.
A su vez, la expansión hacia Estados Unidos estuvo marcada por la figura de la madre Joseph del Sagrado Corazón, quien llevó el carisma de la Providencia a nuevos territorios, desarrollando obras vinculadas a la salud, la educación y el cuidado de comunidades vulnerables. Su labor permitió que el espíritu de la congregación se extendiera y adaptara a distintas realidades, manteniendo siempre su esencia: el servicio amoroso y comprometido con quienes más lo necesitan.
En conjunto, estas tres mujeres representan mucho más que hitos históricos. Son el corazón de una espiritualidad que ha trascendido generaciones y países. Su legado sigue vivo en cada obra educativa, social y pastoral que las Hermanas de la Providencia desarrollan hoy, recordando que la fe se expresa en acciones concretas y que la justicia, la compasión y la esperanza son caminos posibles cuando se vive al servicio de los demás.


